domingo, 1 de octubre de 2017


CAFÉ  L´ETOILE  (2ª Parte)

(Continuación)

Aquella tarde fue mágica, no solo por tenerla a mi lado, sino porque al dar por terminada su presencia entre nosotros, me levanté galante con el deseo de acompañarla; acompañamiento que no desechó. Por el camino, tuvimos ocasión de hablar de nuestras ocupaciones. Ella se sintió fascinada por mi oficio de poeta, más que por el hecho de que dijera estar estudiando Derecho, y yo me quedé sorprendido al conocer que su máxima aspiración consistía, en perfeccionar su técnica para llegar un día a dejar volar su tutú en el ballet de Paris. De hecho, nuestro primer encuentro concluyó cuando nos despedimos ante un portal de la rue Royale que anunciaba  en grandes rótulos la existencia de una academia de baile. En el mismo portal, me confesó sin ambages que deseaba volver a verme  — proposición que hasta la fecha ninguna mujer me había hecho—, y quiso que intercambiáramos nuestros números de teléfono. Decidí no darle el mío por temor a que descubriera mi dedicación exclusiva en la brasería, pretextando que madame Delanied, dueña de la pensión en donde me alojaba, no permitía el uso del teléfono a sus pupilos. Le dije que la llamaría desde una cabina, cuando tuviera posibilidad de hacerlo, pues entre mis clases de Francés y de Derecho y la búsqueda continúa de inspiración, tenía ocupado todo mi tiempo. Giselle, no debió quedar muy convencida de mis razonamientos y noté una sombra de sospecha en sus ojos; sospecha que creo se incrementó, cuando en las siguientes ocasiones en las que tuve la fortuna de pasear junto a ella por la ribera del Sena, comprobó que mi vocabulario no mejoraba y que no era capaz de mostrarle ningún poema, más allá de cuatro versos mal escritos.

Quizás para asegurarse de que no la estaba engañando, me pidió con insistencia que le dedicara alguna de mis composiciones poéticas. Al verme en un compromiso del que dependía la continuidad de nuestra relación, me vi en la necesidad de copiar algunos poemas poco conocidos de Ronsard, Baudelaire o Paul Claudel, entre otros. Procuraba leérselos sin que se quedara con el escrito, para que no pudiera descubrir el plagio. En un principio, el halo romántico que imprimía a la declamación, fue suficiente para vencer distancias hasta ese momentos inalcanzables, con lo que tuve la oportunidad de besarla: al principio, al concluir el poema y más tarde, antes y después de cada verso. ¡Oh là là!
En las espaciadas tardes de nuestros encuentros, notaba que su pasión por mí se acrecentaba, aunque no tanto como la que yo sentía por ella, hechizado por la elegancia de su atuendo y la delicada forma de decirme: "Je t´aime".

Todo sueño tiene un despertar y el mío se produjo de manera inesperada cuando uno de los escritores asiduos a la tertulia, visitó casualmente la brasería donde trabajaba. El muy ladino, en todo el tiempo en el que permaneció en el local, ni siquiera me dirigió la palabra; tan solo al pagar la consumición, dejó caer unas monedas sobre la bandeja, diciéndome despectivamente: "Pour vous, grand poète".

La noticia debió correr como la pólvora entre los intelectuales de L´Etoile, hasta llegar a oídos de Giselle, porque en mi siguiente comunicación telefónica, solo escuché improperios salidos de su boca a una velocidad vertiginosa y con una entonación un tanto airada, sin ahorrarse epítetos de grueso calibre hacia mi persona. Entre el torbellino de palabras, pude traducir que no soportaba el engaño, que había sido un tramposo y que no me molestara en llamarla, porque nuestra relación había concluido. Ni siquiera me dio la oportunidad de poder explicar el porqué de mi proceder, pues, bruscamente, cortó la comunicación. El altar en el que había colocado a la bella Giselle, se me vino abajo. Aquella delicada manera de tratarme que tanto me agradaba se hizo añicos y no pude evitar compararla con Margot, la malencarada  y vulgar dependienta de la boucherie en donde realizaba mis compras.

Totalmente desilusionado y aún sabiendo que yo era el burlador, taché de mi agenda su número de teléfono, en un ataque de amor propio, para no caer en la tentación de llamarla de nuevo. A los pocos días me despedí de la brasería, por si acaso se arrepentía de lo que me había dicho y decidía buscarme. De esta manera tan poco romántica, finalizó mi primera experiencia amorosa en Paris. De Giselle, conservé durante algún tiempo, el aroma que desprendía su cuerpo al abrazarla y su grácil figura dando saltitos, como buena bailarina de ballet, cuando nos encontrábamos. Después, el recuerdo se fue diluyendo hasta desaparecer.

Una vez repuesto de la decepción, seguí intentando focalizar mi existencia en llegar a ser un prestigioso poeta. Pensaba, ingenuamente, que en un día no muy lejano, París se rendiría ante la calidad de mis versos, y que dada mi naturaleza impenitentemente enamoradiza, pronto encontraría una musa con la que soñar de nuevo. ¡Qué equivocado estaba!
                   



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