jueves, 28 de septiembre de 2017

CAFÉ  L´ETOILE  (1ª Parte)

Fue en mi época juvenil y bohemia de París, en donde experimenté, pese a las penurias económicas, los más diversos avatares poéticos y amorosos. Acuciado por la necesidad, no tenía más remedio que hacer una doble vida Buena parte de la semana ejercía como humilde camarero en una de las muchas brasseries del barrio Latino, transformándome, cuando llegaba mi jornada de descanso, en un atractivo joven de estudiado aspecto  intelectual. A ello contribuía mi bigote, rizado y pelirrojo, un atuendo aparentemente descuidado, pañuelo al cuello incluido, y unas gafas de concha marrón con cristales sin graduación que encargué en una óptica, con la excusa de que servirían para una representación teatral. Y para representación teatral, era la que hacía en mis días de asueto, ocupando plaza en una de las mesas del renombrado café L´Etoile, en la no menos céntrica Avenue du Maréchal Foch. Allí, en mi bloc de notas fingía estar escribiendo versos, cuando en realidad me dedicaba a apuntar todos aquellos detalles con los que componer un poema que deslumbrara a monsieur Lavin, adjunto del adjunto del encargado de la sección cultural del diario "Le Figaro", periódico que por otra parte repudiaba dada su orientación de centro- derecha, pero al que había tenido que recurrir tras el rechazo sufrido en los otros rotativos parisinos, más acordes con mis ideas revolucionarias.
En L´Etoile se reunían en torno a una mesa ovalada situada en un rincón de la estancia, un número variable de intelectuales que, por supuesto, no se percataron de mi presencia hasta el día en que echando una gran dosis de valor, rogué me permitieran compartir su tertulia. Debió ser por mi mala pronunciación por lo que, Antoine, un joven que aparentaba mi misma edad, me permitió sentarme a su lado convencido de que no me enteraría de nada de lo que allí se discutiera. Así sucedió en las primeras semanas, hasta que transcurridos unos cuantos días, un individuo un tanto curioso que decía ser profesor de Psicología en la Sorbona, me preguntó por mi oficio y por mi orientación política. —Je suis poéte. Un poéte rèvolutionnaire— afirmé, omitiendo, claro está, el nombre del diario en el que esperaba publicar. Y por si fuera poca carta de presentación, añadí:—Je suis étudiante en droit— Esta respuesta, aseguró mi aceptación en el grupo, aún a costa de tener que soportar forzados carraspeos y alguna que otra sonrisa socarrona.

Las tertulias transcurrían entre frases despectivas hacia El general de Gaulle y su gobierno, si se tocaba el tema político o hacia los escritores acordes con el orden establecido, si se seguían derroteros literarios. Yo, callaba y escuchaba. Tan solo movía de vez en cuando la cabeza afirmativamente, cuando notaba que la conversación subía de tono. Una excelente técnica para poder seguir impregnándome del pensamiento parisino más avanzado.

Los modos un tanto ruidosos y alborotados de estas tertulias se atemperaron, cuando un buen día, tomó asiento entre nosotros, Giselle, una hermosa joven con atuendo y aspecto muy parecido al de Marianne, la mujer que representa a la República Francesa, aunque sustituyendo el gorro frigio por otro hecho a ganchillo y decorado en su lado izquierdo con una escarapela confeccionada con la misma lana.

Marianne tenía glamour a raudales hasta incluso cuando hablaba, pues, escucharla, era como percibir el arrullo de un manantial o el trino de un pajarillo. Nada más verla, quedé impactado por sus delicados modales y me esforcé por entender sus palabras de saludo, hasta que al despojarse del abrigo y observar su busto, me perdí en las redondeadas formas que dibujaba el suéter de color crema, a juego con el gorrito de lana. A partir de aquella tarde, nada fue igual para mí. La traía a mi mente mientras trabajaba y me recreaba ensoñándola, antes de dormirme. Esperaba impaciente la tarde en que acudiría al café, esperando verla de nuevo, circunstancia que no se producía siempre, lo que dejaba en mi interior una amarga sensación de la que me recuperaba a la mañana siguiente sabiendo que podía faltar un día menos para verla de nuevo.

Seguramente habría pasado más de un mes, cuando Giselle, apareció de nuevo en el café, una tarde en la que me pareció oír repicar a todas las campanas de París. Arropada con un abrigo de corte clásico y conjuntada con un sombrero de ala ancha, parecía vestida más para asistir a una fiesta que para entablar conversación en una tertulia literaria. ¡Me deslumbró! y sobre todo me emocionó cuando, con un gesto muy natural, arrimó una silla para sentarse a mi lado. Entonces pude captar el aroma que exhalaba su cuerpo, sensación con la que acompañaría desde ese instante, mis habituales ensueños.

                                                                                       Continuará...

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