domingo, 15 de octubre de 2017

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PASAJES DE "CÉCILE, AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (39)
CAPÍTULO V
La Acogida
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Era evidente que el corazón de Daniel tenía unas dimensiones fuera de lo común. Me alegré de tener a alguien a mi lado dispuesto siempre a hacerte un favor, y lamenté no haberle conocido antes.
Lanzado como estaba, me atreví a sugerirle a mi amigo:
―En el caso de que Cécile acepte, no sabremos de qué hablar pues apenas nos conocemos ¿Qué te parece si le pedimos que salga hoy con nosotros y así vamos rompiendo el hielo? ―pregunte, interesadamente.
―Puede que sea una buena idea, ahora se lo diré a ver qué le parece.
Y fue a decírselo al salón, mientras yo me quedé en el cuarto, impaciente, mordiéndome las uñas, con el semblante de todos los colores como las casacas de los soldaditos de plomo, ensartado por el aguijón de la ilusión, como las mariposas al corcho, y romántico como si con el acompañamiento de un violín acabara de escribir una rima de Bécquer del libro de las Cien Mejores Poesías que permanecía abierto frente a mí. Al cabo de unos minutos Daniel me abrazó sonriendo:
―¡Todo listo, muchacho! ¡Todo listo! ¡Cécile ya se está arreglando! ¡Vamos a disfrutar lo que nos queda de este año!
Los tres anduvimos por la calle, charlando y riéndonos de las cosas más nimias. Nos deteníamos ante cualquier escaparate ojeando artículos que pudiéramos incluir en nuestra carta a los Reyes. Cécile cogía del brazo a su hermano, aunque, en ocasiones, si me separaba de ambos, me atraía hacia ella, soltándome cuando me tenía cerca. Pícaramente, repetí la maniobra al menos en tres ocasiones y en todas ellas obtuve el premio de sentir su mano sobre mi brazo, atrayéndome. Daniel, ajeno a estos movimientos, se esforzaba en señalar monumentos y lugares dignos de ser mostrados a Nacho.
―La Academia de Caballería es uno de los edificios más bonitos de esta parte de la ciudad ―dijo al alcanzar la Plaza de Zorrilla―, pero en la parte antigua se encuentran casi todos los monumentos.
―Está bien enseñarle arte ―sugerí―, pero no todo van a ser monumentos; también hemos de llevarle a las zonas típicas de tapeo y de eso tú sabes un rato. Y no hay que olvidarse de que Goyita ―dije, aviesamente―, necesitará rellenar de vez en cuando su tanque de combustible. No estaría de más, que ojeáramos algunas confiterías.
Ambos sonrieron, pero fue Cécile quien me regañó achuchándome el brazo y diciéndome con dulzura:
―Álvaro: no seas malo.
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Fotografía del autor.

jueves, 12 de octubre de 2017


HABLEMOS (PARLEM)

(Obra teatral en 3 Actos)

ACTO PRIMERO
(Salón de la casa de Dª Reme)

Mariam(Entre sollozos)— Mamá, mamá. ¡Qué desagraciada soy!
Dª Reme—Hija, no me asustes. ¿Qué te pasa ahora?
Mariam—Lo de siempre, mamá: he tenido una discusión con el imbécil de Paco.
Dª Reme— ¿Otra vez?, ¿pero no os habíais reconciliado el lunes?
Mariam— Sí, pero a los dos días ya estábamos lo mismo. En cuanto se aproxima el fin de semana, no deja de lastimar mis sentimientos y sufro mucho, mamá.
Dº Reme— ¡Pobre hija mía! Cómo siento lo que te ocurre, aunque en honor a la verdad he de decirte, que al matrimonio no fuiste engañada. Sabías de qué pie cojeaba Paco.
Mariam—Lo sabía mamá, pero pensaba que con la convivencia podía hacerle cambiar.
Dª Reme—Ya te dijimos papá y yo que eso era muy difícil. Hay algunos hombres muy cabezotas que no dan nunca su brazo a torcer. De todas formas, haz un último intento, ¿por qué no pruebas a ceder tú un poco y evitas discusiones?
Mariam— No puedo, mamá. No puedo. Sería tanto como renegar de mis íntimas convicciones. Sería tanto como renunciar a lo que más he querido desde pequeña. Es muy fuerte, mamá, muy fuerte. Como mujer, no debo ceder en aquello que considero inviolable, en aquello que he defendido hasta ahora con uñas y dientes.
Dª Reme— Te he parido, Mariam, y sé que desde pequeña te has mantenido firme en la defensa de tus ideales, pero como no cedas, tenemos divorcio a la vista.
Mariam(llorando a moco tendido)— Solo me pasan a mí estas cosas y ahora tengo que volver a casa y convivir con ese estúpido.
Dª Reme— Mira hija: las mujeres tenemos infinitas armas para hacer entrar en razón a nuestros maridos. Úsalas tú también. Haz un esfuerzo. Proponle un plan para ceder un poco cada uno. Hace unos años, con tu padre me pasaba lo mismo. Después, ambos apartamos nuestras diferencias y ahora somos muy felices. Anda, regresa a tu casa y luego me cuentas.

ACTO SEGUNDO
(Apartamento de Mariam y Paco)

Paco (leyendo el periódico)— ¿Qué tenemos para comer hoy?
Mariam (visiblemente enfadada)— A lo mejor nada. He estado hablando con mi madre y dice que así no podemos seguir.
Paco— Tu madre... tu madre ¿Que te va a decir tu madre si es de tu misma opinión?
Mariam— Porque es una mujer sensata. Me ha aconsejado que intentemos, acercar posturas o esto se va al garete.
Paco— De acuerdo. ¿Qué me propones?
Mariam— Que empecemos por darnos gusto en cosas sencillas, por ejemplo, en los postres. Mira: mañana, a pesar de que me resulta empalagoso, tomaremos merengue y pasado mañana tendremos de postre, helado de azul pitufo y frutos del bosque que sé que a ti te repatea ¿Te hace la propuesta?
Paco— De acuerdo,  lo intentaremos. Que por mí no quede.

ACTO TERCERO
(Madre e hija hablan por teléfono, una semana después)

Mariam—Mamá, mamá. Estoy como loca. He seguido tus consejos y todo va sobre ruedas.
Dª Reme—¿Lo ves, hija?
Mariam—Empezamos en darnos gusto en los postres, continuamos por comprar cada uno nuestro periódico favorito y hemos acabado por ponernos de acuerdo en el color de las cortinas. Ahora, en el salón, son blancas con un ribetito monísimo en morado y en el dormitorio son rojas con volantes azules, que es un primor verlas al despertarme.
Dª Reme— Si lo tuyo era fácil, hija. Más trabajo me costó a mí, encontrar toallas verdiblancas, para que el bético de tu padre estuviera a gusto.
Mariam— Me ha costado, mamá. Ya sabes que desde pequeña, soy como tú, hincha del Barça...
Dª Reme—También a él le habrá costado lo suyo. Desde niño es socio del Real Madrid.
Mariam— Gracias, mamá. Creo que hemos encontrado la clave para ser felices. 
Dª Reme— Me alegro. hija. Ahora solo tienes que tener cuidado cuando haya un derby, y sobre todo en la champions.
Mariam— Lo tendré, mamá, lo tendré. Gracias y un beso.

FIN




domingo, 8 de octubre de 2017


PASAJES DE LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS(39)
CAPÍTULO II
La bienvenida
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Jeremías, tardó en aproximarse, pero finalmente, también besó a mi madre y a la tata, pasó por delante de mi padre, ignorándole, y deslizó la mano por la cabeza de Tinín, sin mirarle, porque su atención quedó atrapada ante el encanto de Margarita, a la que no se atrevió a besar. A mí me saludó con una sonrisa nerviosa, para volver otra vez la vista hacía mi hermana, más concretamente hacia los pequeños promontorios que delataban el desarrollo de la jovencita, preocupada de un tiempo a esta parte en llevar algún libro o carpeta que tapara esa parte de su cuerpo. No me sentí cómodo por la interesada mirada de Jeremías; creí por un momento ocupar el segundo lugar en las preferencias de mi primo para las futuras andanzas estivales. En aquellos momentos comprendí que Jeremías era mucho más hombre que yo; a mí no me terminaba de cambiar la voz, los pelillos del bigote, apenas se me insinuaban en las comisuras de los labios y lo que era más definitivo: las amigas de mi hermana me gustaban simplemente por su belleza y por ser mayores que yo, sin que hasta el momento me hubiera preguntado por qué ellas también, ocultaban su delantera con la carpeta de dibujo.
 Terminado el ceremonial de bienvenida, Lucía, ya más desenvuelta, sugirió:
―Primos: ¿Qué os parece, si nos vamos yendo a casa? Seguro que estáis deseando refrescaros.
Luego, dirigiéndose a su marido, con un tono de voz más autoritario, le conminó:
―Mariano: ¡No te quedes ahí plantado como un pasmarote y acarrea el equipaje!
 El tío Mariano tardó unos segundos en reaccionar. Venciendo la inercia, movió lentamente su cuerpo hacía las maletas, para finalmente mascullar unas palabras que nadie de los presentes alcanzó a entender. Con un gesto de cabeza, ordenó a Jeremías que le imitara, se colocó la boina y juntos agarraron los bultos de mayor tamaño. Los demás les seguimos, bastante aliviados de peso, hasta una tartana que el abuelo había dispuesto para que su familia no tuviera que humillarse desplazándose a pie por las angostas calles del pueblo, tragando polvo y sorteando boñigas, siempre cuesta arriba, hasta alcanzar su casa.
El pequeño trayecto se presentaba como un reto, un desafío más a mi capacidad de aguante, que tuve que soportar estoicamente con la garganta anhelante de agua fresca. Mariano, látigo en mano, dirigía desde el pescante el carromato, acompañado de Lucía. Los demás, un tanto hacinados, ocupábamos el recinto tartanero, sudorosos, rodeados de maletas, amparados del sol únicamente por un toldillo, en parte deshilachado. Detrás, caminaba Jeremías con el sombrero de paja ocultándole el rostro. Del pantalón, holgado de cintura, sujeto por un único tirante en bandolera, emergían unas piernas delgadas, musculosas y tostadas, siempre dispuestas a ejercitarse dando patadas a todo canto que se interpusiera en su camino. Con una vara de mimbre en la mano diestra se ayudaba para espantar las moscas, al tiempo que con la boca, imitaba el zumbido de los insectos que supuestamente defenestraba, para después añadir en cada ejecución: «Te maté, mosca asesina, ya no entrarás en mi “cosina”». Cada poco, levantaba la cabeza para asegurarse de que seguíamos sus movimientos, para luego continuar con los silbidos, simulando ignorarnos. La figura de mi primo me recordó en aquel momento, tal vez por la vara de mimbre o por la tonalidad de la piel, al imaginado gitano Antonio Torres Heredia, dirigiéndose a Sevilla a ver los toros, mientras, «a la mitad del camino, cortó limones redondos y los fue tirando al agua hasta que la puso de oro». Este trocito del Romancero Gitano lo aprendí de memoria leyendo, a escondidas de mi padre, el libro que tenía oculto en la biblioteca, junto a otro de Miguel Hernández, detrás de varios volúmenes de poesías de José María Pemán.

                                          ...........................................                                                    



jueves, 5 de octubre de 2017

LA REFORMA
Crónicas de mi Periódico              5 de octubre de 2017

LIBRERÍA  OJANGUREN

Hace tan solo unos días, a punto de comenzar el otoño, estación en la que se produce la caída de las hojas, miles de ellas se han venido al suelo de repente. No me refiero a las poéticas y amarillentas hojas de los árboles, sino a las que formaban parte de un auténtico arsenal de buenos libros, que han dado vida y cultura a Oviedo desde el año 1856.

En septiembre, ha muerto de inanición, una magnífica librería a la que le temblaron las piernas, como a tantas otras, por un virus dañino bautizado como ANT (avance de las nuevas tecnologías), complicado con una patología severa producida por una bacteria propagada por las ondas en forma de e-books. Sin embargo, algunos expertos creen, que la verdadera causa del fallecimiento ha sido el germen actualmente más agresivo que se conoce, el AIDI (avance incontenible de la incultura).

Y es que, en el momento actual, nuestra sociedad está sufriendo una auténtica inversión en la escala de valores; inversión que arraiga con fuerza entre los más jóvenes que prefieren un video juego a un buen libro, sustituyendo la lectura apacible y educativa por el discurrir de horas y horas ante la pantalla del televisor o de la video consola. En general, se puede afirmar, que los educadores: padres y profesores, no somos capaces de inculcar a las nuevas generaciones el hábito por la buena lectura y como resultado, estamos asistiendo a la proliferación de mentes poco creativas, expertas en el conocimiento de la vida y milagros de cantantes o de jugadores de fútbol y tremendamente ignorantes en el aspecto cultural, lo que les está cerrando las puertas al conocimiento de un mundo interior rico y enormemente gratificante.

Esa inversión en la escala de valores de la que hablaba, conduce a creer que gastar 15 euros—precio medio de una novela—, parezca un dispendio, en tanto que para asistir a un concierto de un conjunto musical famoso, sea frecuente ver acampados durante varios días a cientos de jóvenes haciendo cola, provistos de una entrada cuyo precio nunca es inferior a 50 euros.   

También parece un avance social, que los libros de texto hayan de ser gratuitos, cuando este criterio debería aplicarse, únicamente, para los que verdaderamente carezcan de medios económicos que les impidan adquirirlos. Lo que no cuesta, no se valora. Os invito a que visitéis el blog de mi amigo, el escritor Antonio José López Serrano: https://topitocava.wordpress.com/ y leáis el artículo: ¿Libros de texto gratuitos? No, gracias.


Estos y otros hechos, conducen al goteo incesante de cierre de librerías, motivo que habría de llevarnos a la reflexión. Visitar con frecuencia estos establecimientos y adquirir su mercancía, es siempre la mejor inversión que podemos hacer, a corto, medio y largo plazo.

domingo, 1 de octubre de 2017


CAFÉ  L´ETOILE  (2ª Parte)

(Continuación)

Aquella tarde fue mágica, no solo por tenerla a mi lado, sino porque al dar por terminada su presencia entre nosotros, me levanté galante con el deseo de acompañarla; acompañamiento que no desechó. Por el camino, tuvimos ocasión de hablar de nuestras ocupaciones. Ella se sintió fascinada por mi oficio de poeta, más que por el hecho de que dijera estar estudiando Derecho, y yo me quedé sorprendido al conocer que su máxima aspiración consistía, en perfeccionar su técnica para llegar un día a dejar volar su tutú en el ballet de Paris. De hecho, nuestro primer encuentro concluyó cuando nos despedimos ante un portal de la rue Royale que anunciaba  en grandes rótulos la existencia de una academia de baile. En el mismo portal, me confesó sin ambages que deseaba volver a verme  — proposición que hasta la fecha ninguna mujer me había hecho—, y quiso que intercambiáramos nuestros números de teléfono. Decidí no darle el mío por temor a que descubriera mi dedicación exclusiva en la brasería, pretextando que madame Delanied, dueña de la pensión en donde me alojaba, no permitía el uso del teléfono a sus pupilos. Le dije que la llamaría desde una cabina, cuando tuviera posibilidad de hacerlo, pues entre mis clases de Francés y de Derecho y la búsqueda continúa de inspiración, tenía ocupado todo mi tiempo. Giselle, no debió quedar muy convencida de mis razonamientos y noté una sombra de sospecha en sus ojos; sospecha que creo se incrementó, cuando en las siguientes ocasiones en las que tuve la fortuna de pasear junto a ella por la ribera del Sena, comprobó que mi vocabulario no mejoraba y que no era capaz de mostrarle ningún poema, más allá de cuatro versos mal escritos.

Quizás para asegurarse de que no la estaba engañando, me pidió con insistencia que le dedicara alguna de mis composiciones poéticas. Al verme en un compromiso del que dependía la continuidad de nuestra relación, me vi en la necesidad de copiar algunos poemas poco conocidos de Ronsard, Baudelaire o Paul Claudel, entre otros. Procuraba leérselos sin que se quedara con el escrito, para que no pudiera descubrir el plagio. En un principio, el halo romántico que imprimía a la declamación, fue suficiente para vencer distancias hasta ese momentos inalcanzables, con lo que tuve la oportunidad de besarla: al principio, al concluir el poema y más tarde, antes y después de cada verso. ¡Oh là là!
En las espaciadas tardes de nuestros encuentros, notaba que su pasión por mí se acrecentaba, aunque no tanto como la que yo sentía por ella, hechizado por la elegancia de su atuendo y la delicada forma de decirme: "Je t´aime".

Todo sueño tiene un despertar y el mío se produjo de manera inesperada cuando uno de los escritores asiduos a la tertulia, visitó casualmente la brasería donde trabajaba. El muy ladino, en todo el tiempo en el que permaneció en el local, ni siquiera me dirigió la palabra; tan solo al pagar la consumición, dejó caer unas monedas sobre la bandeja, diciéndome despectivamente: "Pour vous, grand poète".

La noticia debió correr como la pólvora entre los intelectuales de L´Etoile, hasta llegar a oídos de Giselle, porque en mi siguiente comunicación telefónica, solo escuché improperios salidos de su boca a una velocidad vertiginosa y con una entonación un tanto airada, sin ahorrarse epítetos de grueso calibre hacia mi persona. Entre el torbellino de palabras, pude traducir que no soportaba el engaño, que había sido un tramposo y que no me molestara en llamarla, porque nuestra relación había concluido. Ni siquiera me dio la oportunidad de poder explicar el porqué de mi proceder, pues, bruscamente, cortó la comunicación. El altar en el que había colocado a la bella Giselle, se me vino abajo. Aquella delicada manera de tratarme que tanto me agradaba se hizo añicos y no pude evitar compararla con Margot, la malencarada  y vulgar dependienta de la boucherie en donde realizaba mis compras.

Totalmente desilusionado y aún sabiendo que yo era el burlador, taché de mi agenda su número de teléfono, en un ataque de amor propio, para no caer en la tentación de llamarla de nuevo. A los pocos días me despedí de la brasería, por si acaso se arrepentía de lo que me había dicho y decidía buscarme. De esta manera tan poco romántica, finalizó mi primera experiencia amorosa en Paris. De Giselle, conservé durante algún tiempo, el aroma que desprendía su cuerpo al abrazarla y su grácil figura dando saltitos, como buena bailarina de ballet, cuando nos encontrábamos. Después, el recuerdo se fue diluyendo hasta desaparecer.

Una vez repuesto de la decepción, seguí intentando focalizar mi existencia en llegar a ser un prestigioso poeta. Pensaba, ingenuamente, que en un día no muy lejano, París se rendiría ante la calidad de mis versos, y que dada mi naturaleza impenitentemente enamoradiza, pronto encontraría una musa con la que soñar de nuevo. ¡Qué equivocado estaba!
                   



jueves, 28 de septiembre de 2017

CAFÉ  L´ETOILE  (1ª Parte)

Fue en mi época juvenil y bohemia de París, en donde experimenté, pese a las penurias económicas, los más diversos avatares poéticos y amorosos. Acuciado por la necesidad, no tenía más remedio que hacer una doble vida Buena parte de la semana ejercía como humilde camarero en una de las muchas brasseries del barrio Latino, transformándome, cuando llegaba mi jornada de descanso, en un atractivo joven de estudiado aspecto  intelectual. A ello contribuía mi bigote, rizado y pelirrojo, un atuendo aparentemente descuidado, pañuelo al cuello incluido, y unas gafas de concha marrón con cristales sin graduación que encargué en una óptica, con la excusa de que servirían para una representación teatral. Y para representación teatral, era la que hacía en mis días de asueto, ocupando plaza en una de las mesas del renombrado café L´Etoile, en la no menos céntrica Avenue du Maréchal Foch. Allí, en mi bloc de notas fingía estar escribiendo versos, cuando en realidad me dedicaba a apuntar todos aquellos detalles con los que componer un poema que deslumbrara a monsieur Lavin, adjunto del adjunto del encargado de la sección cultural del diario "Le Figaro", periódico que por otra parte repudiaba dada su orientación de centro- derecha, pero al que había tenido que recurrir tras el rechazo sufrido en los otros rotativos parisinos, más acordes con mis ideas revolucionarias.
En L´Etoile se reunían en torno a una mesa ovalada situada en un rincón de la estancia, un número variable de intelectuales que, por supuesto, no se percataron de mi presencia hasta el día en que echando una gran dosis de valor, rogué me permitieran compartir su tertulia. Debió ser por mi mala pronunciación por lo que, Antoine, un joven que aparentaba mi misma edad, me permitió sentarme a su lado convencido de que no me enteraría de nada de lo que allí se discutiera. Así sucedió en las primeras semanas, hasta que transcurridos unos cuantos días, un individuo un tanto curioso que decía ser profesor de Psicología en la Sorbona, me preguntó por mi oficio y por mi orientación política. —Je suis poéte. Un poéte rèvolutionnaire— afirmé, omitiendo, claro está, el nombre del diario en el que esperaba publicar. Y por si fuera poca carta de presentación, añadí:—Je suis étudiante en droit— Esta respuesta, aseguró mi aceptación en el grupo, aún a costa de tener que soportar forzados carraspeos y alguna que otra sonrisa socarrona.

Las tertulias transcurrían entre frases despectivas hacia El general de Gaulle y su gobierno, si se tocaba el tema político o hacia los escritores acordes con el orden establecido, si se seguían derroteros literarios. Yo, callaba y escuchaba. Tan solo movía de vez en cuando la cabeza afirmativamente, cuando notaba que la conversación subía de tono. Una excelente técnica para poder seguir impregnándome del pensamiento parisino más avanzado.

Los modos un tanto ruidosos y alborotados de estas tertulias se atemperaron, cuando un buen día, tomó asiento entre nosotros, Giselle, una hermosa joven con atuendo y aspecto muy parecido al de Marianne, la mujer que representa a la República Francesa, aunque sustituyendo el gorro frigio por otro hecho a ganchillo y decorado en su lado izquierdo con una escarapela confeccionada con la misma lana.

Marianne tenía glamour a raudales hasta incluso cuando hablaba, pues, escucharla, era como percibir el arrullo de un manantial o el trino de un pajarillo. Nada más verla, quedé impactado por sus delicados modales y me esforcé por entender sus palabras de saludo, hasta que al despojarse del abrigo y observar su busto, me perdí en las redondeadas formas que dibujaba el suéter de color crema, a juego con el gorrito de lana. A partir de aquella tarde, nada fue igual para mí. La traía a mi mente mientras trabajaba y me recreaba ensoñándola, antes de dormirme. Esperaba impaciente la tarde en que acudiría al café, esperando verla de nuevo, circunstancia que no se producía siempre, lo que dejaba en mi interior una amarga sensación de la que me recuperaba a la mañana siguiente sabiendo que podía faltar un día menos para verla de nuevo.

Seguramente habría pasado más de un mes, cuando Giselle, apareció de nuevo en el café, una tarde en la que me pareció oír repicar a todas las campanas de París. Arropada con un abrigo de corte clásico y conjuntada con un sombrero de ala ancha, parecía vestida más para asistir a una fiesta que para entablar conversación en una tertulia literaria. ¡Me deslumbró! y sobre todo me emocionó cuando, con un gesto muy natural, arrimó una silla para sentarse a mi lado. Entonces pude captar el aroma que exhalaba su cuerpo, sensación con la que acompañaría desde ese instante, mis habituales ensueños.

                                                                                       Continuará...

domingo, 24 de septiembre de 2017

FRENTE AL MAR

Tengo ante mí,
un mar abierto, voluptuoso,
encrestado de plata,
grandiosa plataforma
de azules ondulantes.
Nace de su seno una fuerza
inmensa, contagiosa
que me anima a creerme poderoso
viéndole desde la playa,
en donde reposa mi alma
mal herida, llagada por el dolor acumulado
de los días inciertos.
Me asombra la humildad
con la que se tiende a mis pies
y saludo con una sonrisa
el reflejo irisado de su cara amable
bajo un sol que reverbera
juguetón en el horizonte.
Hoy, más que nunca, quisiera ser mar,
mostrarme plácido o embravecido a voluntad,
siempre seguro, como él, del enorme potencial
que atesoran sus entrañas.
Hoy, más que nunca, quisiera sumergirme
en su elemento, nadar hasta alcanzar
la costa acantilada en donde  
encontrar ¡al fin! la presencia anhelada
de una diosa que repare de mi alma, la sustancia.

Fotografía de David Dubnitskiy 
                                                            


jueves, 21 de septiembre de 2017

PASAJES DE "CÉCILE.AMORÍOS Y MELANCOLÍAS DE UN JOVEN POETA" (38)
CAPÍTULO V
La Acogida

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En su habitación, Daniel me mostró una colección maravillosa de soldaditos de plomo, que compraba en una tienda de maquetas y luego él se entretenía en decorar con pinturas que abarcaban toda la gama de colores y tonos, formando ejércitos multicolores de distintas naciones. Me asombré del orden que imperaba en el cuarto ¡tan diferente al del mío! y me propuse en lo sucesivo, también en esta faceta, imitarle. Junto al armario, el estuche de un violín delataba su contenido.
―Desconocía que tocaras el violín ―le comenté al intuir el instrumento.
―Sí. En casa somos muy aficionados a la música ―me respondió sin dar mucha importancia a esta cualidad.
Tampoco faltaba, en la parte alta del armario, una exposición permanente de mariposas, que conservaba ensartadas en alfileres sobre una base de corcho. Cada una de ellas estaba perfectamente identificada con su nombre científico, en su correspondiente caja. En los estantes próximos a la mesa de estudio se encontraban los libros de texto y los de lectura. Entre estos últimos abundaban los de contenido religioso. Después de enseñarme varios, acabó por recomendarme uno que estaba seguro de que me encantaría: “Las Cien Mejores Poesías de la Lengua Castellana” de Marcelino Menéndez y Pelayo.
―¿Lo has leído? Si quieres te lo dejo, porque sé que eres un poeta en ciernes.
―¿No habrás dicho nada de esto en tu casa? ―pregunté, temeroso de que mi afición fuera conocida.
―Descuida, ya te dije un día que de lo que tú y yo hablemos, nadie se tiene por que enterar. Únicamente lo contaré cuando me autorices.
Animado por la confidencialidad demostrada, no tuve inconveniente en relatar a Daniel el plan que habían urdido en mi casa y que consistía en que fuera por unos días la pareja de la simpática Goyita, pretextando que conmigo ya había agotado todos los temas de conversación, y además, que ello supondría hacer una gran favor a mi hermana Margarita, para que no tuviera que renunciar a salir a solas con Nacho, contraviniendo la opinión de mis padres.
―Es muy comprensible que a tus padres no les parezca apropiado que Margarita y Nacho paseen solos ―razonó―. Date cuenta de que en esta ciudad nos conocemos todos y hoy por hoy existen prejuicios que en Francia no se dan. ¡Pero no te preocupes! Si lo crees necesario, no tengo inconveniente en ser el acompañante de Goyita. En cuanto a ti, puede que mi hermana Cécile no ponga reparos en venir con nosotros; aunque parece callada, cuando quiere habla por los codos, y creo que le has caído muy bien.
―¡Magnífico! ¡Me parece magnífico! Pero no me gustaría que Cécile se vea en un compromiso ―dije, temeroso.
―No te preocupes por esa cuestión. Ya me encargaré de decírselo y de convencerla. No creo que haya quedado con las amigas, y aún en ese caso, no le resultará difícil cambiar las fechas.

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domingo, 17 de septiembre de 2017

REFLEXIONES CAROLINGIAS  (XIX)

Porque tenía un cuadro que representaba a una gitana bailando, decía que se trataba de una pintura de la Escuela Flamenca.

En la primera vez que a Eustorgio le invitaron a una fiesta, le indicaron que al final se brindaba copa en alto. Eutorgio no asistió. Le pareció una barbaridad arrancar un árbol.

Si estás desorientado, la solución no es buscar el Norte, sino el Oriente.

Al cruzarse en la calle se miraron… y se miraron, sin prisa. Estaban en un paso de cebra.

Era tan pobre, que aliñaba su parca comida con mucho ajo, para que se le repitiera.

Después de los atentados, de pura rabia, arrancó todos los imanes… del frigorífico.

Con el primer amor casi se ahoga en un mar de dificultades. El segundo fue un océano de incomprensión. Al final, vivió tranquilo en tierra firme, aunque era en una isla desierta.

Estudio informática para tener una amor en cada puerto…USB.

Viendo los Informativos, se me han quitado las ganas de comprar las entradas para ir a ver “Los Miserables”.

¿Me preguntan ustedes si vive aquí “el indeciso”?  Pues no sé…La verdad es que los apodos…No estoy seguro…A veces uno no sabe…Si lo supiera de fijo…………..

Le aseguraron que los filetes de lenguado no tenían espinas, pero no se lo creyó. Hace años, su pareja le dijo una cosa parecida referida al amor.

Le parecía imposible que, hasta la fecha, no hubieran bautizado a un Ciclón, categoría 5, con el nombre de su mujer.



jueves, 14 de septiembre de 2017

PASAJES DE “LAS LAMENTACIONES DE MI PRIMO JEREMÍAS” (38)

CAPÍTULO II
La  bienvenida
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El señor Facundo, impecablemente uniformado, indicó claramente al maquinista que no tuviera prisa en reiniciar la marcha; adelantándose al grupo, colocó el banderín bajo el sobaco izquierdo, agarró la empuñadura con la mano del mismo lado y aún pudo sujetar la gorra entre el pulgar y el índice, antes de iniciar una leve inclinación ante mi madre, dar la mano a mi padre y pronunciar solemnemente: «Don Álvaro… Señora… ¡Sean bienvenidos!»; dicho lo cual, se retiró discretamente, dirigiendo sus pasos hacia la cabecera del convoy, con la convicción de haber superado con nota la prueba protocolaria, amén de la función propia del cargo. Así, satisfecho, con gallarda apostura, se caló la gorra y desplegó el banderín. Al instante, el tren resopló varias veces, lanzando al impoluto ambiente impresionantes bocanadas de humo grisáceo, a las que siguieron otras de menores dimensiones, hasta que, como un coloso desperezándose del letargo, comenzó a avanzar lentamente, aumentando progresivamente el ritmo de sus latidos metálicos, al tiempo que menguaba de tamaño para, por último, desaparecer entre las encinas del «Cubeto», camino de Zamora.
El señor Rogelio, en su dilatada existencia, había visto partir muchos trenes y ahora filosofa, acordándose de los otros «trenes» que no supo coger a tiempo y que le hubieran proporcionado, tal vez, mejores oportunidades en su vida; por eso, medio impedido, repetía, mañana tras mañana, la misma frase, que pude oír nítidamente: «¡Ay, Señor, Señor…! ¿Será éste el último tren que pierdo?» Y se quedaba dormitando hasta el mediodía, cuando iba a buscarle la Edelina.
Lucía fue la siguiente en cumplir con el ritual de bienvenida. Con evidente alegría, corrió a abrazar y besuquear a mi madre, besó a la tata, estampó en nuestras angelicales caras dos sonoros besos por cabeza, pero, quizás por complejo de inferioridad o por respeto, se detuvo ante mi padre y musitó con un hilillo de voz: «primo…», bajando la cabeza. Detrás, Mariano, el Mecagüen, por lo común, resuelto vociferador, entrometido y mal hablado, permanecía inmóvil, sin saber qué hacer, temeroso de no dar la talla, sin duda deslumbrado ante nuestra «señoritinga» presencia. Primerizo en recepciones, con el gaznate seco por el aguardiente desayunado, la situación le desbordaba. Sujetaba, como señal de respeto, la boina entre las manos, dejando al descubierto en su cabeza torrada por el sol, un delator círculo de piel blanca. No pude por menos de acordarme de las explicaciones que el padre Olaberzábal nos hacía en clase de Ciencias, cuando señalando con un puntero las partes de que consta un volcán, declamaba, acompañando cada palabra con un ligero contoneo de su cuerpo: «Cámara magmática, cono volcánico, chimenea, cráter, lava, gas y cenizas, ¿queda claro?» concluía, mientras el extremo del puntero describía ondas en el aire al pronunciar «cenizas». El tío Mariano, llevaba en su calva dibujado el cráter de un volcán, del que salían como cenizas ondulantes, largos y escasos pelos que la brisa matutina movía sin rumbo fijo. Seguramente en su pecho, que haría las veces de cámara magmática, se fraguaban juramentos difícilmente reproducibles, que luego, por el cráter adventicio de su boca, arrojaba durante minutos, unas veces, uno tras otro, sin venir a cuento, o bien, dependiendo de las circunstancias, en un instante, propulsaba el exabrupto más contundente, pretendiendo con la fuerza del lanzamiento, alcanzar las esferas celestiales. Estas distintas formas de perturbar el santoral se correspondían fielmente con los tipos de volcán, «hawaiano» o «estromboliano», que el mismo Padre Olaberzábal me hizo aprender en otra de sus magistrales clases.
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domingo, 10 de septiembre de 2017


LA REFORMA

Crónicas de mi Periódico                       10 de septiembre de 2017   

LOS  EFECTOS  DEL  ALCOHOL

Tristemente, he tenido la oportunidad de convertirme en un improvisado reportero gráfico que ha podido captar las marcas que indican el recorrido efectuado por un vehículo conducido por un conductor ebrio que en la madrugada del pasado domingo, día 3, atropelló  en Santa Pola (Alicante) a tres jóvenes, segando la vida de uno de ellos de tan sólo 17 años de edad. Sus familiares y amigos no dejan de llorar su pérdida y en el lugar en el que tuvo lugar el accidente han elevado un improvisado altar con objetos personales y flores que recordarán, durante algún tiempo, a este joven deportista.

El tiempo, que casi todo lo borra, se encargará de ir apaciguando la rabia que ha producido este hecho en la villa marinera; no así para sus padres que lamentarán de por vida, como su proyecto de futuro más hermoso se ha frustrado por la acción de un irresponsable.

Desgraciadamente, este accidente no es un hecho puntual. Casi a diario, las noticias que dan cuenta de accidentes de circulación que terminan con víctimas mortales ocasionados por conductores que conducen bajo los efectos del alcohol o las drogas, suele ser habitual.

El consumo de estas sustancias entre la juventud es, actualmente, precoz y preocupante. Parece que no hubiera otro medio de divertirse que no fuera acudir a estas sustancias. No puedo ocultar mi desagrado cuando observo a jóvenes dirigiéndose a lugares previamente concertados, con sus bolsas repletas de botellas. Resulta fácil advertir, que algunos, son menores de edad.

Las consecuencias de estos comportamientos suponen, a corto plazo, el ingreso en el Servicio de Urgencias, de varios de estos incontrolados bebedores, con el consiguiente perjuicio para los que, sin buscarlo, deben de ser atendidos de sus dolencias. Después, la cartilla sanitaria de sus padres cubre, sin coste alguno, la atención que se les ha dispensado.

A largo plazo, los efectos son más perniciosos. Las enfermedades hepáticas y una amplia gama de psíquicas, hacen de estos individuos, seres muy pocos aptos para desempeñar cualquier tipo de trabajo, en una sociedad cada vez más competitiva. Su fracaso personal, es una rémora que les acompañará de por vida.

La solución de este grave problema no es fácil, pero parece evidente que la información desde edades tempranas en el propio hogar y en el centro en el que estudian, puede hacer que los futuros conductores sean conocedores de las graves consecuencias que conlleva conducir bajo el efecto de sustancias nocivas.

Muertes como las de este joven santapolero, no deberían repetirse.



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jueves, 7 de septiembre de 2017




FERNANDO  SALDÓN  BARCENILLA

El pasado día 4, ha tenido lugar en la Biblioteca Pública de Palencia la inauguración de una maravillosa exposición de dibujos a plumilla, obra del artista palentino Fernando Saldón Barcenilla.

Este excelente dibujante al que he tenido ocasión de conocer a través de Facebook, es un verdadero artista en el arte de dibujar a plumilla, con el mérito añadido de que es totalmente autodidacta y de que esta afición en nada tiene que ver con la profesión que ejerció durante años, antes de haber alcanzado la edad de jubilación.

El trazo firme y el gusto con que recrea monumentos y escenas de su querida Palencia, ciudad en la que nació y reside, sorprende por la limpieza del trazado en esta técnica, siempre complicada, que aumenta su dificultad cuando se trata de plasmar obras arquitectónicas.

La exposición consta de 30 dibujos, de los cuales los 15 primeros pertenecen a la Palencia actual y los otros 15 a edificios o enclaves ya desaparecidos o transformados, que nos dan una excelente retrospectiva de la siempre amable y coqueta Palencia.

Como la muestra permanecerá abierta hasta el día 15 de este mes, hago un llamamiento para que, los que tengáis ocasión, no dejéis de visitarla. Os aseguro que os encantará.

Mi enhorabuena a Fernando por su concienzudo trabajo que continúa perfeccionando junto a nuevas técnicas pictóricas en el taller de pintura del Centro San Juanillo de la capital. Y también mi agradecimiento por la cariñosa manera con la que me acogió y por haber querido posar conmigo, demostrando así, que además de un gran artista es un excelente amigo.